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Ser madre en la frontera: 'La gente juzga a los niños como mis hijos'

Atrapada entre la pobreza y el estigma, el tráfico de personas es uno de los pocos trabajos disponibles para los hijos de María. Esto le ha costado un hijo

22 junio 2022, 3.56pm

Migrants crossing to the US near Juárez in 2021

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David Peinado/Xinhua/Alamy Live News. All rights reserved

María

Vine a Ciudad Juárez con mi padre después de que mis padres se separaran. Estábamos los dos solos y él tenía parientes aquí. Mi padre era un comerciante, se podría decir. Vendía chicharrones laguneros en la calle.

Mi padre me trajo aquí, pero no me crio. No crecí con él. Viví con una tía durante un tiempo, luego viví con otra tía, y así sucesivamente. Fui a la escuela, jugué, todo lo que ocurre durante la infancia. Empecé a trabajar a los 14 años.

Empecé en una maquiladora (fábrica de montaje) montando aspiradoras. En aquella época era más fácil falsificar los documentos, y empecé a trabajar allí mostrando el acta de nacimiento de una de mis tías. Fue mi primer trabajo y sueldo, y la verdad me sentía orgullosa de lo que ganaba. En ese tiempo no era como ahora que te limitan ciertas idas al baño o te limitan el espacio en el que te puedes mover. No era tan rígido como ahora. Mi primer trabajo me gustó, lo disfruté porque era, como quien dice, mi primer triunfo. Trabajaba, ganaba mi dinero y podía comprar lo que quería. Lo primero que compré fueron zapatos.

Empecé a trabajar porque siempre había necesidades en casa. Siempre. Aunque nuestros tíos y nuestros padres intentaban darnos lo mejor que podían, era obvio que, aunque lo intentaran, siempre habría necesidades. Mis tíos no querían que trabajara. Decían que estaba muy chavalita y que debería estar estudiando. ‘Tienes que ir a la escuela, hija", decían. ‘Tienes que echarle ganas para que en un futuro tú puedas estar en una oficina sin que te tengan que mandar'. Pero siempre es la necesidad la que te hace trabajar desde joven. Tenían sus propios hijos y, aunque ayudaban a mi padre a criarme, yo sentía que no era obligación de ellos.

No terminé la escuela primaria en una escuela normal. La terminé después de estudiar de forma independiente. Lo mismo con la secundaria. Me casé a los 18 años, pero al menos me gradué antes. No habría podido hacerlo después. Tenía deberes que cumplir. Tenía que comprar mis cosas y ayudar a mi marido. Mis prioridades eran mis hijos y mi casa.

Por mucho que te esfuerces, nunca consigues darles todo lo que necesitan

Dejé de trabajar en la maquiladora porque mi hijo fue asesinado hace seis meses. Había estado involucrado en el tráfico de migrantes. Estaba deprimida y la vida no tenía sentido. Pero la necesidad siempre está ahí. Ahora limpio casas una o dos veces por semana. De una forma u otra hay que salir adelante. Nunca dejas de trabajar.

Lo único que me motiva ahora son mis nietos, los hijos de mi hijo. Uno tiene dos años y el otro cuatro. A veces no tengo ganas ni de bañarme, ni levantarme, pero ellos me levantan. Veo su inocencia y sé que ellos no entienden todavía lo que pasa. Cuando preguntan por su padre, me da fuerzas porque me digo: 'Su padre ya no está aquí. Tengo que seguir adelante por ellos'. Mi nuera vive conmigo. Tiene 20 años y trabaja mucho en una maquiladora, pero esos dos niños tienen muchas necesidades.

No tengo palabras para explicar la muerte de mi hijo. Cuando mis nietos preguntan cuándo despertará su padre, me duele mucho. A veces escuchaba que morían hijos de mis amigas y sentía feo como ser humano, pero ahora que yo lo estoy viviendo es algo inexplicable. Me siento mutilada, como si me faltara una parte del cuerpo. Como si estuviera incompleta.

Mi nuera también está mal. Ella tiene a sus dos hijos y la noto que a veces no quiere ir a trabajar, pero tiene que hacerlo. A mí eso también me duele, porque la entiendo como mujer, como madre de mis nietos. Me duele mucho.

Siento que lo único que me puede ayudar es Dios. Él es al único que le pido que me quite esto que siento, porque a veces siento mucho coraje contra la persona que le quitó la vida a mi hijo. También he sentido coraje con mi hijo, porque muchas veces le pedí que cambiara su vida. Sentí coraje conmigo misma, porque me sentí culpable. No sé si fue mi ignorancia o no supe planificar. No me arrepiento de mis hijos, jamás, pero sí digo que tuve cinco.

Por mucho que te esfuerces, nunca consigues darles todo lo que necesitan. Se me hizo muy difícil. A pesar de que mi pareja siempre ha estado conmigo, tenemos 27 años de casados, sólo les pudimos dar lo que nos alcanzaba para comer y medio vestirlos. Se juntan con chicos con ropa y zapatos bonitos, y también quieren esas cosas. A veces toman malas decisiones por eso. Ellos van teniendo más necesidades conforme van creciendo, y uno no puede dárselas.

Tuve cinco hijos, y ahora sólo tengo cuatro: dos gemelos, otro niño y una niña. Uno de los gemelos recibió un disparo en el mismo incidente en el que fue asesinado mi hijo. La bala le partió la mandíbula en cinco partes. Tuve que pedir un préstamo para pagar el funeral y la operación. No hubo más remedio que pedir un préstamo en uno de esos centros que prestan dinero a altas tasas a gente como nosotros. Mi hijo tiene ahora una cicatriz donde entró la bala, y dice que no tiene sensación en la boca. Requiere más atención médica, pero el Señor Don Dinero siempre es el que nos detiene.

A mí me hubiera gustado que mis hijos tuvieran todo, una casa bonita, comodidades, buen estudio, darles carrera, darles todo. Darles lo mejor a ellos, lo que yo no tuve.

Los empleadores no los contratan por sus tatuajes y su color de piel

La primera vez que mis hijos intentaron cruzar la frontera para ganar dinero tenían 14 o 15 años. Querían, como se dice, el "sueño americano". Querían vestirse con ropa bonita, parecer que pertenecían a un lugar. Querían ayudarme porque veían la necesidad en casa. Les dije que prefería trabajar yo, o que esperaran a tener la edad para trabajar porque podían estar arriesgando sus vidas. Pero tenían aspiraciones.

No me dijeron que iban a cruzar la frontera. Si me hubieran dicho, no los habría dejado. Esa mañana me levanté y fui a su habitación a buscarlos, pero no estaban. Al cabo de un rato recibí una llamada. La inmigración estadounidense los había detenido y repatriado. La oficina local de asistencia social me llamó para decirme que tenía que ir a recogerlos.

Di gracias a Dios cuando los volví a ver. Les pregunté por qué lo habían hecho, y me dijeron, “Mamá, es que nosotros queremos ayudarla”. Me siento mal decirlo, pero ya no tenían zapatos, llevaban sus tenis todos desgastados. Me decían, “Yo necesito tenis, mamá. Yo no tengo tenis y quería comprarme unos nuevos”. Como madre, te duele. Te sientes culpable porque no pudiste darles lo que necesitaban en ese momento.

Es fácil señalar con el dedo, que los defensores de la protección de la infancia digan: "Usted, señora, no los cuida". No saben lo que tengo que hacer, lo que tiene que hacer mi marido, para mantener a nuestros hijos. Si estuviera con ellos todo el tiempo, no podría trabajar. Y si no trabajara, no podría alimentarlos. O les doy de comer o estoy ahí pegada con ellos.

La gente juzga a los niños como mis hijos. Ven los tatuajes y piensan que mis hijos son delincuentes, los catalogan como lo peor. Eso cierra puertas y los orilla a que ellos busquen trabajos más difíciles. Cuando trafican, la gente dice “Ay, la vida fácil. Les gusta lo fácil”. Pero el tráfico no es dinero fácil. Pueden caerse o ahogarse, o toparse con alguien que los deje en el desierto. Se juegan la vida.

También arriesgan toparse con gente racista. Me contaron de una vez que los atraparon en la frontera, y cuando un agente les iba a dar de comer, le hacía como perro. Les chiflaba. Ese tipo de humillaciones. Muchas veces no tenemos empatía por el dolor ajeno. Hasta que no pasamos o vivimos algo como esto, es cuando realmente nos ponemos en los zapatos de la otra persona.

También se les juzga cuando no están involucrados en el tráfico de personas. Mis hijos han tenido muchos trabajos. Han hecho trabajos de construcción. Han trabajado 9, 10 horas al día bajo el sol. Vuelven con la piel oscura, y luego otros empleadores no los contratan por sus tatuajes y el color de su piel. Desgraciadamente a veces aquí mismo somos tan racistas. Es duro para ellos, y nada es dinero fácil.

Me da coraje como madre y me da coraje con mis hijos. Les digo que pronto podrán trabajar. Aquí en Juárez también hay trabajo. Les he dicho, “No hay que correr antes de saber caminar. No todo en la vida se consigue de un día para otro. Antes no tenía zapatos, pero ahora, gracias a Dios, los tengo. Un día ustedes también van a lograr su sueño".

Mi hijo, el que fue asesinado, trabajaba cruzando gente. Me contó que los agentes de inmigración estadounidenses le pusieron en una habitación con una luz muy caliente y brillante. Decía que sudaba y sudaba, y que de repente le ponían en una habitación helada con el aire acondicionado a tope. Se ponía enfermo por esas cosas, pero no abandonaba el sueño. Solía decir: “Voy a ganar un buen dinero allí, y te lo voy a dar”.

Siempre estoy preocupada por mis hijos cuando no están en casa. Siempre. Temo que no vuelvan. Yo ya no vivo pensando, “Las autoridades los van a cuidar”. Veo en Facebook cuántos niños desaparecen aquí en Juárez y siento el dolor de esas madres. Al menos yo volví a ver a mi hijo después de que lo mataron. Sé dónde está. Las madres que nunca vuelven a ver a sus hijos viven muertas.


Esta historia forma parte de una serie de testimonios de niños y madres que viven en Ciudad Juárez, en la frontera entre México y Estados Unidos. Todos los niños fueron sorprendidos cruzando a los Estados Unidos, ya sea para seguir sus sueños personales o para traficar con personas, y ahora están recibiendo servicios de justicia restaurativa de la ONG Derechos Humanos Integrales en Acción. Los testimonios fueron preparados junto a los defensores de DHIA y han sido editados para mayor claridad. La ilustración del orador es una representación ficticia realizada por Carys Boughton (Todos los derechos reservados). El nombre del orador también ha sido modificado.

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