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Huracanes y coronavirus: tormenta perfecta sobre las islas del Caribe

El multilateralismo de la Comunidad del Caribe (CARICOM) es indispensable para que la población y los ecosistemas puedan sobrevivir a los embates del clima y a las crisis de salud pública.

Miguel González Palacios
3 February 2021
El presidente de Colombia Iván Duque en su recorrido por Providencia después del paso de Iota.
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Twitter Ali Waked.

La temporada de huracanes de 2020, la más larga e intensa que se haya registrado en la historia, dejó a su paso una ola de devastación en varios países caribeños que ya sufrían con los estragos provocados por la Covid-19.

Como resultado del aumento de la temperatura en el planeta, durante las dos últimas décadas los huracanes en el Atlántico Norte se han hecho cada vez más fuertes y destructivos y afectan a más países, incluso varias veces durante el mismo año. Esta tendencia está agotando los recursos humanos y financieros de las naciones insulares del Caribe, ya de por sí limitados por el tamaño de su población, sus economías relativamente modestas y sus instituciones débiles, que mantienen vivo el pasado de la colonización (varias de estas naciones insulares todavía están, de una u otra forma, bajo la jurisdicción de otro Estado).

Para hacer las cosas más complicadas, la temporada de huracanes del año pasado llegó en plena pandemia de Covid-19, que a pesar de no haber producido cifras de contagios y muertes tan altas como en otros lugares del mundo, sí ha tenido un efecto devastador en la economía de estos países (produjo una contracción del crecimiento del 6.2% en 2020) debido a la caída del turismo y del envío de remesas, que son las principales fuentes de ingresos para la mayoría de ellos.

Las islas del Caribe están en una situación crítica de la que no podrán recuperarse por sus propios medios. Como en pocos lugares del mundo, aquí las acciones multilaterales resultan indispensables para que la población y los ecosistemas puedan sobrevivir a los embates del clima y a las crisis de salud pública.

Insulares, pero no aislados

El principal mecanismo intergubernamental en la región es la Comunidad del Caribe (CARICOM), creada en 1973 con la misión de promover la unidad entre los países y territorios del Caribe sobre la base de la integración económica, la seguridad, la coordinación en política exterior y el desarrollo humano. El Tratado Revisado de Chaguaramas, vigente desde 2002, fortaleció el campo de acción de la CARICOM y sentó las bases para la creación de otros organismos regionales como la Agencia de Manejo de Emergencias y Desastres (CDMA), la Agencia de Salud Pública (CARPHA) y el Centro sobre el Cambio Climático de la Comunidad del Caribe.

La CARICOM cuenta actualmente con 15 miembros plenos: 11 países insulares independientes (Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Dominica, Granada, Haití, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas y Trinidad y Tobago), 3 países continentales independientes (Belice, Guyana y Surinam) y un territorio británico de ultramar (Montserrat). También participan como miembros asociados 5 territorios que todavía dependen de la corona británica: Anguila, Bermuda, las Islas Vírgenes Británicas, Islas Caimán y Turcos y Caicos.

En cuanto a los países isleños de habla hispana (Cuba, República Dominicana y Puerto Rico), su integración a la CARICOM se ha dificultado por las diferencias lingüísticas y culturales, aunque en el caso de Cuba esto se debe en mayor medida al interés de Estados Unidos por mantener su influencia en el Mediterráneo americano. Durante la Guerra Fría, Washington reforzó sus vínculos con los países de la CARICOM para promover su política aislacionista contra La Habana (sólo en el año 2000 la organización firmó finalmente un acuerdo de cooperación económica con la isla) y para obtener el apoyo de varios de ellos a la invasión de la isla de Granada de 1983, la cual derrocó al partido revolucionario que se había tomado el poder, apoyado por Cuba y la Unión Soviética.

Con el cambio de siglo, el Caribe se convirtió en el frente natural de la avanzada del difunto presidente venezolano Hugo Chávez para consolidar un liderazgo regional que hiciera contrapeso a la hegemonía estadounidense en el hemisferio. Esto incluyó la creación en 2005 de Petrocaribe, una alianza que permite la compra preferencial de petróleo venezolano por parte de 15 países centroamericanos y caribeños, y la adhesión de varios de ellos a la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). De esta forma, el régimen chavista logró consolidar una base de afectos y de respaldo diplomático para la defensa de sus intereses en espacios multilaterales como la ONU y la OEA, con la que sigue contando hoy en día.

En los últimos años, la región también ha sido escenario de la expansión global de China y su pulso de poder con Estados Unidos. El gigante asiático cuenta con aliados de vieja data en el Caribe como Cuba, Guyana y Jamaica, y ha logrado la adhesión oficial de 10 países caribeños a la llamada “Nueva Ruta de la Seda”, y que otros cuantos rompan sus relaciones diplomáticas con Taiwán como condición para recibir sus multimillonarios préstamos e inversiones. Beijing ha sabido aprovechar el vacío dejado por Washington durante la administración de Donald Trump para consolidar su influencia en el Caribe como el principal socio internacional para la ayuda al desarrollo, para la reconstrucción de los países afectados por los huracanes y, ahora, para el manejo de crisis sanitaria de la Covid-19.

El multilateralismo aparece como la mejor estrategia para afrontar desafíos tan grandes como el cambio climático y las pandemias

El Caribe en estado de emergencia

América Latina y el Caribe es una región del mundo muy propensa a sufrir desastres naturales (superada únicamente por Asia) y es la que sufre proporcionalmente más muertes y pérdidas económicas a causa de ellos. Debido a sus capacidades limitadas, los países caribeños dependen cada vez más de la ayuda financiera y la cooperación de otros países, organismos internacionales, la banca multilateral, la sociedad civil y las empresas privadas, para la monumental tarea de socorrer a sus damnificados, reconstruir su infraestructura y poner en marcha su economía antes que un nuevo desastre ocurra.

Asimismo, estos países dependen de la cooperación internacional para el manejo de emergencias de salud pública, particularmente del Fondo Rotatorio de Vacunas y del Fondo Estratégico de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que les han permitido erradicar enfermedades tan graves como la poliomielitis, la rubeola y el sarampión, y controlar la epidemia de VIH.

Frente a la Covid-19, sus frágiles sistemas de salud han logrado contener la pandemia – 78.000 contagios y 1.600 muertes al 1 de febrero de 2021 para una población de poco más de 19 millones, sumando los países miembros y asociados de la CARICOM – gracias a las donaciones de insumos y de equipos médicos de China, Reino Unido y los Emiratos Árabes, y a la colaboración del personal médico desplegado por Cuba. La mayor parte de esta ayuda internacional ha sido gestionada por las instituciones de la CARICOM y el Banco de Desarrollo del Caribe, para asegurar una distribución equitativa entre las naciones caribeñas.

En cuanto a la vacuna, estas naciones afrontan enormes dificultades presupuestarias y de capacidad de endeudamiento para comprarla directamente a los fabricantes, por lo cual dependerán nuevamente de la cooperación bilateral, principalmente de los préstamos y subvenciones prometidas por China, y de los mecanismos multilaterales como COVAX para poder superar la pandemia, con todos los riesgos que esto implica.

El futuro del Caribe es multilateral

En una situación de dependencia estructural como la que vive la mayoría de las naciones del Caribe, el multilateralismo aparece como la mejor estrategia para afrontar desafíos tan grandes como el cambio climático y las pandemias. La aparente debilidad de estos países puede ser también la fuerza que les permita posicionarse mejor en los escenarios internacionales para presionar, entre otras cosas, por la implementación de los Acuerdos de París, que obligan a las naciones más ricas a movilizar más recursos para construir más resiliencia en regiones vulnerables como ésta.

Asimismo, el Caribe tiene una gran importancia estratégica tanto para China como para Estados Unidos (y ahora más con la llegada de Biden a la Casa Blanca), por lo cual los países de la región deben trabajar de la mano para inclinar la balanza a favor de sus intereses colectivos. De lo contrario, la región podría verse cada vez más fragmentada y vulnerable a causa de la competencia entre países por acaparar los beneficios que les puedan traer sus relaciones bilaterales con las dos potencias.

El destino del Caribe no está escrito y la región puede convertirse en un laboratorio a pequeña escala de lo que puede lograr la acción multilateral para mitigar los efectos del cambio climático y para la reconstrucción sostenible de los estragos provocados por los desastres naturales y por la pandemia de Covid-19.

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