La temporada de huracanes de 2020, la más larga e intensa que se haya registrado en la historia, dejó a su paso una ola de devastación en varios países caribeños que ya sufrían con los estragos provocados por la Covid-19.
Como resultado del aumento de la temperatura en el planeta, durante las dos últimas décadas los huracanes en el Atlántico Norte se han hecho cada vez más fuertes y destructivos y afectan a más países, incluso varias veces durante el mismo año. Esta tendencia está agotando los recursos humanos y financieros de las naciones insulares del Caribe, ya de por sí limitados por el tamaño de su población, sus economías relativamente modestas y sus instituciones débiles, que mantienen vivo el pasado de la colonización (varias de estas naciones insulares todavía están, de una u otra forma, bajo la jurisdicción de otro Estado).
Para hacer las cosas más complicadas, la temporada de huracanes del año pasado llegó en plena pandemia de Covid-19, que a pesar de no haber producido cifras de contagios y muertes tan altas como en otros lugares del mundo, sí ha tenido un efecto devastador en la economía de estos países (produjo una contracción del crecimiento del 6.2% en 2020) debido a la caída del turismo y del envío de remesas, que son las principales fuentes de ingresos para la mayoría de ellos.